Mi vida con fibromialgia: una historia que merece ser escuchada

Por Rosemary Sánchez Cortés, sección 10-6

 

Vivir con fibromialgia es habitar un cuerpo que duele incluso cuando por fuera parece estar bien. Es despertar cada día sin saber si será uno de esos días en que puedo moverme con cierta normalidad o uno de los días difíciles, en los que el dolor y el cansancio me acompañan desde el primer minuto. Por eso, si alguien en tu familia tiene frío, dolor o agotamiento constante debido a esta condición, tu empatía puede marcar una diferencia enorme. A veces no necesitamos soluciones, solo ser escuchadas sin juicio, con paciencia y comprensión. El cariño sincero es, muchas veces, el mejor alivio.

La fortaleza que desarrollamos quienes vivimos con fibromialgia no siempre se ve. Llegamos a los centros médicos con dolor, con miedo y con la esperanza de ser atendidas con respeto. Sin embargo, en más de una ocasión, al mencionar la palabra fibromialgia, sentimos cómo nuestra experiencia es minimizada. Nos dejan esperando durante horas y, cuando finalmente nos atienden, escuchamos frases como: “Todo está normal”, “Vaya a descansar”, “No se estrese”. Pero nuestro dolor no es imaginario, no es un capricho, no es falta de ánimo. Es real, constante y desgastante.

La fibromialgia es un trastorno complejo caracterizado por dolor generalizado, fatiga extrema, rigidez, dolores de cabeza, problemas de memoria, ansiedad y depresión. Lo más difícil es que no siempre se nota. Por fuera podemos vernos bien, pero por dentro libramos una batalla diaria. Y aunque muchas veces la familia piensa que “todo es psicológico”, la realidad es que convivimos con un dolor que no se apaga y con la frustración de no sentirnos comprendidas.

Durante años viví atrapada en preguntas sin respuesta. No entendía por qué mi cuerpo dolía tanto, por qué me cansaba con facilidad, por qué mi mente se nublaba. Ningún médico lograba dar con un diagnóstico. Hasta que un día, finalmente, escuché la palabra que le dio nombre a mi lucha: fibromialgia. Ese diagnóstico no me curó, pero me dio claridad. Me permitió entender que no estaba exagerando, que no estaba inventando nada, que mi cuerpo estaba pidiendo ayuda.

Hoy sigo adelante. No me rindo. La fibromialgia hiere, pero no me vence. Soy una guerrera con cicatrices invisibles, pero con una voz que merece ser escuchada. Comparto mi historia para que otros comprendan, para que quienes viven lo mismo no se sientan solos y para que el mundo sepa que detrás de cada sonrisa hay una lucha silenciosa, pero llena de valentía.

Scroll al inicio