Cada 02 de octubre, el mundo conmemora el Día Internacional de la No Violencia, una fecha establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2.007 para difundir el principio de la no violencia mediante la educación y la conciencia pública.
La elección de esta fecha no es casual, pues coincide con el nacimiento de Mahatma Gandhi, una de las figuras más reconocidas de la lucha por la independencia de la India y uno de los principales referentes históricos de la resistencia no violenta.
Gandhi nació el 02 de octubre de 1.869 en Porbandar, India. Se formó como abogado y desarrolló buena parte de su pensamiento político a partir de su experiencia en Sudáfrica y, posteriormente, de su participación en el movimiento por la independencia india.
Su concepción de la no violencia estaba estrechamente vinculada con la verdad, la dignidad humana y la resistencia frente a la injusticia. No la entendía como pasividad ni como renuncia a luchar, sino como una manera de enfrentar los conflictos y las estructuras de poder sin recurrir a la violencia física ni al odio.
Entre las acciones asociadas con su liderazgo estuvo la movilización y la desobediencia civil contra determinadas leyes del dominio británico, incluida la histórica Marcha de la Sal de 1930.
El legado de Gandhi no puede reducirse a la idea de “ser pacífico”. Su propuesta planteaba que es posible oponerse a una injusticia y defender determinados principios sin convertir al adversario en objeto de odio o destrucción. Esa concepción de la resistencia no violenta trascendió las fronteras de la India y posteriormente influyó en distintos movimientos sociales y de derechos civiles alrededor del mundo.
A 157 años de su nacimiento, reflexionar adquiere una particular importancia: la violencia no se manifiesta únicamente en guerras o grandes conflictos armados, también puede aparecer en espacios cotidianos, por ejemplo dentro de los hogares, en las relaciones entre vecinos, en las carreteras, en los centros educativos, en los espacios públicos y en las redes sociales. Asimismo, puede expresarse mediante agresiones físicas, amenazas, humillaciones, intimidación, discursos de odio o actos de discriminación.
Costa Rica no está al margen de esta realidad. La construcción de una cultura de paz implica la manera en que las personas afrontan sus diferencias, reaccionan ante el enojo y resuelven los conflictos que surgen en la vida cotidiana.
Un hecho ocurrido recientemente en San Rafael de Oreamuno, Cartago, permite observar las consecuencias que puede alcanzar un conflicto entre personas cuando la confrontación escala hasta la agresión física. Hace cuatro días, una adulta mayor resultó gravemente herida en un ataque con arma blanca. Este caso ha generado preocupación por otro fenómeno: la aparición de expresiones xenófobas dirigidas contra personas de nacionalidad nicaragüense. La nacionalidad de una persona involucrada en un hecho delictivo no permite atribuir esa conducta a toda una población. Convertir un caso particular en una acusación contra una comunidad entera significa sustituir el análisis de los hechos por un prejuicio colectivo.
La respuesta frente a un acto de violencia debe partir de la justicia y del respeto a la dignidad de todas las personas. La discriminación y la xenofobia, en cambio, no contribuyen a esclarecer los hechos ni a prevenir nuevas agresiones.
Aquí adquiere especial relevancia uno de los aspectos centrales del pensamiento de Gandhi: la no violencia no consiste en permanecer indiferente ante la injusticia, implica buscar formas de enfrentarla sin reproducir aquello que se pretende combatir. La propia ONU destaca que la acción no violenta puede incluir protestas, persuasión, no cooperación e intervenciones pacíficas; es decir, se trata de una forma de acción y resistencia, no de simple pasividad.
Esto resulta especialmente importante en una época en la que una discusión puede convertirse rápidamente en una agresión y un comentario en redes sociales puede alimentar una cadena de insultos, amenazas y discriminación. Romper ese ciclo exige decisiones individuales: detener una ofensa antes de responder con otra, buscar mediación cuando el conflicto puede escalar, denunciar una agresión por las vías correspondientes y negarse a convertir la indignación en odio contra quienes no tienen relación con los hechos.
La no violencia tampoco significa renunciar a la justicia. Por el contrario, supone reconocer que la defensa de los derechos y la búsqueda de soluciones a los conflictos pueden desarrollarse mediante mecanismos que no reproduzcan la violencia. La paz, en este sentido, no consiste simplemente en que no haya enfrentamientos visibles; requiere respeto, diálogo, justicia, convivencia y capacidad para resolver las diferencias sin convertirlas en agresiones.
En este Día Internacional de la No Violencia, la figura de Gandhi ofrece una oportunidad para reflexionar sobre una pregunta que sigue vigente: ¿cómo respondemos cuando estamos en desacuerdo, cuando sentimos indignación o cuando consideramos que hemos sido tratados injustamente?
No siempre podemos controlar las acciones de los demás, pero sí podemos decidir qué hacemos con nuestro propio enojo y cómo respondemos ante el conflicto. Elegir el diálogo en lugar de la agresión, la justicia en lugar de la venganza y los hechos en lugar de los prejuicios no significa ignorar la violencia, significa negarse a multiplicarla.
La construcción de una cultura de paz comienza precisamente ahí: en la decisión cotidiana de no convertir el dolor, la ira o los desacuerdos en una nueva causa de violencia. Esa es una de las razones por las que, casi ocho décadas después de su muerte, el pensamiento de Gandhi continúa formando parte de la reflexión internacional sobre la resistencia no violenta, la dignidad humana y la búsqueda de soluciones pacíficas a los conflictos.