La tarde del domingo 27 de septiembre tuve el privilegio de asistir a la inauguración del XXV Festival Internacional de Poesía de Costa Rica, celebrada en la sala principal del Teatro Nacional. Desde el primer momento, la actividad se convirtió en una experiencia profundamente enriquecedora, capaz de reunir en un mismo espacio el arte de la palabra, la diversidad cultural y el encuentro entre distintas sensibilidades literarias.
Ingresar al Teatro Nacional ya era, por sí mismo, una invitación a la contemplación artística. Sin embargo, lo que viví durante la inauguración superó cualquier expectativa.
Esta vigésima quinta edición del festival reunió a poetas de Costa Rica, Colombia, Panamá, Irán, México, Nicaragua, Honduras y Puerto Rico, reafirmando el carácter internacional de un evento que, durante veinticinco años, ha promovido la poesía como un puente entre culturas y generaciones.
Uno de los aspectos que más me impresionó fue la posibilidad de escuchar voces provenientes de distintas realidades y tradiciones literarias. Entre los invitados internacionales destacaron Javier Alvarado (Panamá), Laura Castillo (Colombia), José Ernesto Hernández (Puerto Rico), Mohsen Emadi (Irán), Martha Favila (México), Ericka Picado (Nicaragua) y Francesca Randazzo (Honduras), quienes declamaron sus poemas. Asimismo, Costa Rica estuvo representada por los poetas invitados especiales Juan Carlos Olivas y Ligia Zúñiga.
La inauguración también contó con la participación de la agrupación musical Tropus, dedicada a la interpretación de música medieval. Su presencia aportó un matiz artístico especial al evento, creando una atmósfera que nos transportó a través del tiempo y complementó de manera armoniosa la experiencia poética.
Como estudiante y amante de la literatura, me resultó inspirador observar cómo la poesía sigue convocando a personas de diferentes edades y procedencias alrededor de una misma pasión. En una época como la nuestra, encontrar un espacio dedicado a la reflexión, la belleza del lenguaje y el diálogo cultural constituye un verdadero privilegio.
También me llamó la atención conocer que este festival, organizado por la Fundación Casa de Poesía, no se limita a un único escenario, sino que forma parte de un proyecto cultural mucho más amplio, que lleva actividades, lecturas y encuentros literarios a distintas comunidades del país, sobre todo a las zonas rurales, fortaleciendo el acceso a la creación poética y fomentando la participación de nuevos lectores y escritores.
Al finalizar la actividad, salí del Teatro Nacional con una profunda sensación de admiración y gratitud. Más que asistir a una inauguración, tuve la oportunidad de presenciar una auténtica fiesta de la palabra, donde la poesía se convirtió en un lenguaje común capaz de trascender fronteras, idiomas y experiencias de vida.
Sin lugar a dudas, la apertura del XXV Festival Internacional de Poesía de Costa Rica fue una velada memorable, cargada de arte, cultura y sensibilidad humana. Fue una de esas experiencias que permanecen en la memoria y que nos recuerdan que la literatura sigue siendo una poderosa herramienta para comprender el mundo, acercarnos a los demás y descubrir nuevas formas de mirar la realidad.