Entre el dolor y la memoria

Existen ocasiones en los que una comunidad entera parece detenerse. Instantes en los que las palabras resultan insuficientes y el corazón intenta comprender una realidad que cuesta aceptar. Hoy vivimos uno de esos momentos al despedir a nuestra estudiante Hellen Franciny Quirós Sandí, cariñosamente conocida como “Chiny”, de la sección 7-3, quien falleció tras enfrentar complicaciones de salud.

Nacida el 29 de octubre de 2.008, Chiny nos dejó ayer, cuando faltaba exactamente un mes para cumplir su mayoría de edad. Su partida deja un profundo dolor en su familia, sus amistades, sus compañeros de aula, sus docentes y en toda la comunidad educativa que hoy se une en un dolor solidario.

Extendemos de manera especial nuestro abrazo a su madre, nuestra exalumna Angie Sandí Muñoz, y a toda su familia, entre ellos nuestro egresado Fernando Sandí Muñoz, de la generación 2.022, quienes atraviesan una pérdida cuya dimensión resulta difícil de expresar con palabras.

La partida de una persona tan joven nos enfrenta de manera dolorosa con la fragilidad de la vida. Nos recuerda que el tiempo que compartimos con quienes amamos no debe darse por sentado y que muchas de las situaciones que consideramos cotidianas adquieren un valor distinto cuando ya no podemos volver a vivirlas.

El duelo no es lineal, no existe una receta, no tiene una única forma de vivirse. Cada persona enfrenta la ausencia de manera diferente. Hay quienes necesitan hablar y quienes prefieren guardar silencio; quienes encuentran consuelo en los recuerdos y quienes durante algún tiempo sienten que rememorar resulta demasiado doloroso. Algunos buscan compañía, mientras otros necesitan espacios de soledad. Cada persona necesita encontrar su propio ritmo para aprender a convivir con la ausencia.

Por eso, en momentos como este, la empatía adquiere un significado especial. Nunca sabemos cuánto dolor puede estar llevando en silencio la persona que tenemos a nuestro lado. Una palabra amable, una escucha sincera, un abrazo o simplemente la disposición de permanecer cerca puede significar mucho para alguien que atraviesa un momento difícil.

Nuestra institución ha vivido recientemente otras pérdidas que han dejado una profunda huella en nuestra memoria colectiva. Hemos despedido a una compañera de trabajo, un egresado, dos estudiantes y familiares cercanos de integrantes de nuestra comunidad. Cada una de esas historias ha sido diferente y cada persona ha ocupado un lugar irrepetible entre nosotros. Una ausencia no sustituye a otra, cada pérdida deja su propio vacío.

Hemos comprobado en carne propia, en medio de estas circunstancias, el valor de acompañarnos. Cuando el dolor se comparte con respeto y solidaridad, no desaparece, pero puede hacerse un poco más llevadero. La comunidad cobra entonces un sentido especial: estar presentes cuando las palabras no alcanzan y ofrecer apoyo cuando alguien necesita sentir que no está solo.

Las pérdidas también nos hacen detenernos y mirar de otra manera aquello que forma parte de nuestra vida diaria: una conversación con alguien querido, una risa compartida, un abrazo, la presencia de un amigo, una palabra de agradecimiento o la posibilidad de comenzar un nuevo día.

Tal vez por eso, además del dolor, estos momentos nos dejan una invitación a vivir con mayor conciencia. A cuidar nuestra salud física y emocional. A reconocer cuándo necesitamos ayuda y a comprender que pedirla no es una señal de debilidad. A tratar a los demás con consideración, pero también a nosotros mismos, recordando que nuestra vida tiene valor y que todos merecemos respeto, cuidado y oportunidades para crecer.

Estos momentos también nos recuerdan algo simple pero esencial: no deberíamos esperar una ocasión extraordinaria para demostrar afecto. Siempre es el momento idóneo para decir “te quiero”, agradecer, pedir perdón, acercarnos a alguien que necesita compañía o llevar a cabo un gesto de bondad.

Con el paso del tiempo, muchas cosas pierden importancia, pero permanecen aquellos momentos en los que hicimos sentir a otra persona que era importante para nosotros. Permanece la mano amiga, la palabra que reconfortó, la sonrisa obsequiada y la generosidad ofrecida sin esperar nada a cambio.

Hoy lloramos la partida de Chiny. No podemos negar ese dolor ni apresurarnos a encontrar respuestas que quizá no existen. Podemos, simplemente, permitirnos sentirlo, acompañarnos y conservar con cariño el recuerdo de una hermosa joven que formó parte de nuestras aulas, de nuestra institución y de la vida de muchas personas.

Su paso por nuestra comunidad forma ahora parte de nuestra memoria.

Que recordarla nos ayude a valorar más la vida, a cuidar mejor de quienes nos rodean y a ser más atentos con quienes, aun sin decirlo, pueden estar necesitando una palabra de apoyo.

A la familia de Chiny, a sus compañeros de la sección 7-3, a sus docentes, a sus amistades y a todas las personas que la quisieron, les expresamos nuestra más sincera solidaridad y nuestras oraciones.

Descansa en paz, Chiny.

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